Las Minas Puerto Flamenco 

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Cuando una piensa en contemplar un espectáculo de flamenco, inevitablemente piensa en voces desgarradas, en profundos sentimientos saliendo de las entrañas del cantaor, en arrugas en la piel, en gestos de sufrimiento, en golpes y ritmos frenéticos y en pasión. 

Cuando una piensa en contemplar un espectáculo de flamenco, aspira a que le den un paseo por todas las emociones conocidas, en hacer un recorrido vital sin paradas ni peajes por la amargura y los sinsabores a la vez que por el gozo de la vida. 

Cuando una piensa en acudir a un espectáculo de flamenco sin duda espera que le sacudan el alma, que le expriman con sensaciones intensas, que le escurran el corazón como un trapo y lo dejen temblando en el asiento. 

Sin duda son estas aspiraciones muy altas, un compromiso que el espectador espera y que el artista asume con responsabilidad porque sabe que el público está ahí porque se quiere estremecer. 

Cuando una va a un espectáculo flamenco quiere todo menos estar indiferente. No importa quién seas, de dónde vengas ni cuánto sepas de flamenco. pues el flamenco es como la vida y no entiende de manuales. 

Precisamente es la sencillez y universalidad de las emocones lo que le da su potencia y su fuerza. Sólo hay que agarrarse a la silla y prepararse para temblar. 

Empieza "Las Minas Puerto Flamenco". 

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